Los ojos de la guerra, por Fermín Torrano

Fueron siete letras. O tal vez diez. No lo sé. Pero su erre alargada por el acento me hizo senir de nuevo como en casa. Podría haber saludado con cualquier frase típica de encuentros casuales entre viejos amigos. O con el socorrido “qué tal en Ucrania. Duro, ¿no?”, al que todavía no he encontrado respuesta. Pero no. Sara me escupió con alcohol una expresión que nunca antes me habían dicho en la puerta de una discoteca.

Y no sé si es porque en el norte nos cuesta mostrar afecto, o qué, pero al escuchar su h-e-r-r-r-r-m-o-s-o imaginé a mi difunta abuela María, vestida con camisón, pantuflas desgastadas, y el labio caído, diciéndome que me veía más gordo. Porque en Navarra no hay excusas ni huesos anchos. Grandote, majetón, recio… todo sirve para decir que estás de buen año.

Aunque esto, en realidad, lo pensé más tarde. En el momento tan solo noté que a Sara le habían quitado el aparato y que el chico al que agarraba de la mano no era su novio.

Algo ha cambiado en tu mirada, dijo de repente. Y solo pude mover la ceja para ganar tiempo. Hay silencios de los que uno necesita recuperarse más que de un puñetazo. Mientras, en mi cabeza brotaban los rostros de Dennis, Miroslava, Andrii, y una mujer a la que decidí no preguntar su nombre cuando acariciaba por última vez a su marido, inerte sobre el asfalto de Bakhmut.

También recordé a un tal Sergi—capaz de vender un boli a un manco— que publicitaba en los colegios de Pamplona el grado de Periodismo con la historia de un abogado catalán que había dejado todo para cabalgar su moto hasta Mostar y cubrir la guerra de Bosnia con el afán de cambiar el mundo. Intuyo los motivos que le llevaron a obviar su posterior asesinato en Sierra Leona, igual que eludió describir el olor de una morgue que no da abasto, el frío en el estómago al escuchar el silbido de proyectiles que parecen llevar tu nombre o la mirada perdida de los cadáveres que descansan a la entrada de ciudades donde se libran los combates. Él solo repitió una idea: ser los ojos y oídos de la sociedad. Los ojos de la guerra.


Lucía Perez Oroz
Lucía Perez Oroz

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