A años luz de aquellas ilusiones, ya instalado en una época en la que el conocimiento circula por las redes sociales y parece haber tantos mundos como ojos que lo observan, el cronista contemporáneo también se aferra al poder de su mirada personal. En la era del yo, la crónica reivindica la subjetividad. En el siglo que endiosó el entretenimiento, los cronistas hacen lo que sea por no resultar aburridos. Y mientras en todo el mundo se lucha por el reconocimiento de las minorías, los periodistas narrativos se esfuerzan por hacer visibles a todos aquellos que enarbolan su derecho a ser lo que son.
Por Leonardo Tarifeño, en La nación.