Miles de jóvenes europeos volaron en 2011 a Malta con alguna compañía low cost. Uno de ellos fue Alberto Arce, pero en vez de disfrutar de las playas de la isla mediterránea o intimar con las vecinas suecas del hostal, prefirió subirse a un barco pesquero rumbo a Misrata y contar, en primera persona y sin apoyo de ningún medio de comunicaicón, la resitencia heróica de una ciudad asedidada por las tropas de élite de Gadafi.

En Misrata compartió ronquidos, morteros y cuscús com combatientes que dormían abrazados a sus Kaláshnikov; tomó el té bajo los olivos con generales armados de portátil e impresora; escuchó hip hop árabe con diseñadores que actualizaban el Facebook y el Twitter del movimiento revolucionario; y asistió a asambleas de jóvenes combatientes que habían abandonado sus universidades, talleres y fábricas para aprender a tomar una colina bajo el fuego enemigo. Este libro habla de los combatientes en el frente y de las rutinas de la retaguardia, pero también de la dificultad para captar todos los matices de una realidad compleja que a veces el periodista solo tiene tiempo de intuir.

“Si esto fuese la oficina de una multinacional habría un cartel que rezaría Departamento de Coordinación y Logística & Alojamiento para periodistas freelance. Una vez traspasada la puerta nos encontramos más bien con una mezcla de loft bélico de Google y sala de brokers en pleno pánico bursátil: antenas de transmisión por satélite, cajas de comida, cajones con armas y una inmensa pantalla de Mac, todo enlazado por una red de cables que atraviesan los pasillos, abarrotados de gente armada que no para de moverse de una habitación a otra. Hay un gran recibidor lleno de sacos de dormir, todos ocupados por jóvenes que no se separan de su arma ni de sus ordenadores, permanentemente conectados a Facebook y Twitter.”

“Omran nos acompañó como traductor durante un mes. Le perdimos el rastro y varios meses después le vemos en Youtube, con cara de despistado, el arma con la que no se sentía cómodo bien agarrada a la mano izquierda y el cadáver de Gadafi a su derecha. La cabeza muerta del dictador levantada por los pelos y, como quien está allí por casualidad, la misma mirada que en el pasillo del hospital. La de ese tipo educado, elegante y despistado a su manera. Que no podría romper un plato pero acabó siendo parte de una de las unidades más fieras de esta guerra.”

“Los gritos de «Allah Akbar» poseen la misma cadencia hastiada del traqueteo de las armas cortas, si bien el ruido de artillería no logra imitar el misticismo de los cánticos religiosos. La mención religiosa constante, aderezada por la acusación gadafista de que Al Qaeda y el radicalismo islámico se han infiltrado o incluso organizan a los revolucionarios, queda así justificada para quienes desde el sillón orejero han decidido condenar a estos chicos a las cloacas de la historia, convencidos por un antiimperialismo de manual añejo que se cae a pedazos a medida que se respira la rebelión.”

“Luc Delahaye, que dejó la Agencia Magnum para dedicarse al arte y olvidar el fotoperiodismo, está ahí en medio, firme, con su cámara extraña, de gran formato, a cuerpo descubierto, con la camisa abierta y un cigarro en la boca, sacando fotos. Como si fuera un superhéroe con escudo protector invisible. O como si realmente todo aquello no fuera con él. Nunca alcanzaré a comprenderlo. Luc dice que si se sacan estas fotos de los diarios y se cuelgan en los museos se convierten en arte. Me parecía una inmensa chorrada de alguien que solo quiere hacer dinero hasta que le vi con el cigarro en la boca, la camisa moviéndose con el viento y a contraluz en medio de ese tiroteo. Si además, cuando todo acaba, sale entero, le preguntas ¿qué tal la foto? y te contesta con un «hoy tampoco ha merecido la pena» tan seco y hierático que no admite repregunta ni matiz, terminas por creerte lo del arte.”

“Alí es cojo y no combate con armas. Lleva una pequeña cámara de fotos y con ella graba vídeos para la cuenta de Youtube del movimiento 17 de febrero. Siempre va más allá que los fotógrafos y los cámaras extranjeros. No lo hará mejor, quizás no, pero sí desde más cerca. Su desprecio por la vida es total. Su sonrisa, inmensa.”

“Hammoudi, en la Gaza del bloqueo, fue el mejor fixer de todos. Se tomaba como un reto personal que nunca se me descargase una batería, cargando con cables y buscando generadores que tuvieran electricidad. Estaba con él la noche en que se enteró de que la granja de su abuela había sido atacada con fósforo blanco y, en vez de acudir allí, se negó a dejarme solo en Beit Hanoun, porque quien me había ofrecido cama me mentía, según él, y necesitaba demostrármelo. A Hammoudi le vi llorar durante horas, de rabia, cuando sus propios compatriotas, luchadores por la libertad, le pegaron por maricón, hasta reventarlo, y le expulsaron de Gaza para siempre. Él me enseñó que en guerra hasta los que tienen razón son unos cabrones y mienten. Hammoudi acabó viviendo durante meses en el salón de mi casa del Raval mientras conseguía el estatus de refugiado político.”

“Hay que saber tirar la toalla con dignidad. Algunos, pocos, tendrán la suerte de poder ver el final de esta guerra. Ellos comprenderán, contarán y serán testigos. Yo, mientras tanto, mercenario, prepotente, un pelín exagerado, aventurero, acomplejado, freelance, resentido, asmático compulsivo, feo y romántico de lo que nunca jamás sucedió, hago algo tan tristepero alimenticio como la caja al final del día –el clic, clic de las cuentas–, recojo los bártulos y me voy a la playa a celebrar la jugada, que ha salido mejor de lo que esperaba. Ahí me las den todas, insultos incluidos. Porque principios e idealismos me quedan los justos para no oler mal y dormir las noches del tirón.”